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Rodolfo Díaz Cervantes

ARQUITECTO DE SU PROPIO DESTINO

El trabajo de los arquitectos, como el de los compositores y poetas, me ha resultado siempre enigmático y por lo mismo fascinante. Cuando la matemática entra al servicio de la creación “blanda”, ésta (me) deviene irresistible. Se sabe que tanto los unos como los otros utilizan para componer, como para mover bloques de palabras, sistemas —a veces obvios, a veces complejos, para mí: siempre infranqueables— de todos estos el arquitecto es el único que “tridimensiona”.

Los arquitectos también, a diferencia de los poetas y compositores, parecen a veces cursar la carrera como un mero trámite para luego hacer “algo diferente” y hacerlo mejor que el resto de nosotros: editar libros, pintar, escribir, obsesionarse.

Rodolfo Díaz se sirve de complejos sistemas para cuestionar, alterar  y permutar conceptos y objetos que nos son conocidos: de un papel tapiz o un ladrillo a una pelota de goma, de los preceptos básicos del uso del espacio a la metodología muralista. A veces la obra misma nos explica el sistema utilizado a través de un patrón (o su ausencia): repetición, forma y secuencia... otras veces esas mismas características oscurecen los procesos de Díaz y adivinamos sólo un trabajo paciente, minucioso, casi monacal y “un tanto neurótico” (palabras del artista, no mías). 

Por medio de la utilización de sistemas auto-impuestos y entreverados, Rodolfo cuestiona la escultura y la arquitectura: sus reglas, su composición y su diseño.  Interviene objetos comunes (un ladrillo transformado en urbe) e imágenes canónicas (“El David” como soporte de todas las permutaciones de un cuadrado) con tanto empeño como irreverencia.

Además de compartir algunas filias, métodos y subversiones Baldessarianas, el trabajo de Rodolfo Díaz sigue al pie de la letra la consigna del pionero conceptual: I will not make any more boring art.

–Daniela Franco